Cuentan
los relatos familiares, que José Heras Roldós y Antonio Bonay Torner eran
vecinos (está comprobado que así fue: en el distrito de La Audiencia). Sus hijos
Federico Heras y Adela Bonay, se llevaban cuatro años de diferencia. Cuando ambos eran
jóvenes, se conocieron y se enamoraron. Tanto que pretendieron casarse y así se
lo expusieron a los padres de ella. La negativa del Sr. Bonay fue rotunda y las
ilusiones de los jóvenes se vieron frustradas. El padre de Adela, que no había
encontrado mejor partido para ella, tenía la boda de su hija planificada con el
hijo de un concejal de su mismo partido político. El concejal Bonay y el
concejal Bofill creían que, con la ayuda de ambos, Evaristo Bofill Pichot tenía
asegurado un puesto político en el Partido Liberal, y por lo tanto en el Ayuntamiento.
De esta forma todo quedaba en casa. El viejo concejal Bofill i Bassas no iba a
permitir que su rico colega Bonay, faltara a su acuerdo, porque ya daba por
colocado a su hijo mayor Evaristo: “Quid pro quo”. Favores políticos a cambio
de favores familiares. Hay que tener en cuenta que, así como el Sr. Bonay tenía
a toda su prole bien colocada, el Sr. Bofill, sólo estaba haciendo carrera notoria
de uno: de José María. Porque su hija Asunción Bofill Pichot se casó con un poeta, que sin
que eso fuera una deshonra, sí era algo modesto para sus aspiraciones. A
Matilde Bofill Pichot consiguió casarla con Emilio Pichot i Selva, el hermano de su mujer. O
sea, tío de ella. Acababa de llegar de Buenos Aires, donde regresaron juntos
durante un tiempo después de casarse, antes de volver a establecerse definitivamente
en Barcelona. Él tenía veinte años más que ella. Tuvieron seis hijos; pero una
vez casada, ella fue protagonista de una preciosa historia de amor, con un
antiguo novio, que acabó en suicidio, por parte del novio.
El otro hijo, Jacinto Bofill Pichot, casó con Bernardina Prat i Millé, un matrimonio sin nada especial que destacar, con dos hijos. Y la otra hija, Elisa Bofill Pichot, se quedó soltera. Vivía con su hermana Asunción y se hizo cantante de ópera. Por eso y porque en ese momento, económicamente, el concejal Bofill i Bassas estaba varios escalones por debajo del Sr. Bonay, es por lo que el concejal Bofill deseaba colocar a su hijo mayor Evaristo. A todas estas circunstancias, había que añadir la fama de crápula, mujeriego y vividor que tenía en todo Barcelona, el joven y guapo Federico Heras Sagristá. El Sr. Bonay tenía claro que Adela, su ojito derecho, no se iba a casar con Federico, por más que esta se empeñara y discutiera con él. Hay que tener presente que Adela era una mujer de carácter, a la que no le gustaba que dieran órdenes. Como todas las Bonay: bajitas y con mucho carácter. Ahí va la perla que le dedica uno de sus descendientes a Josefa Centena Bonay, sobrina de Adela: “Tenía mucha personalidad y carácter, pese a su pequeña alzada, sólo 1,50 metros, era la que, como se dice popularmente: llevaba los pantalones de la casa. Ella siempre decía que en el bote pequeño, está la buena confitura” (65). Todas estas discusiones y peleas con su padre, debieron provocar el compromiso de boda con el hijo de su colega Bofill, de carácter completamente opuesto al de Adela. Evaristo era más bien apocado. De personalidad débil y totalmente influenciable por sus padres. Se casaron en la parroquia de Santa Mª del Mar, la primavera de 1881, inscribiendo su matrimonio en el Registro Civil del Ayuntamiento, el día 9 de abril del mismo año (cuatro años más tarde que Federico Heras). Evaristo y Adela escrituraron unas capitulaciones matrimoniales leoninas, que aseguraban al padre de Adela, que su yerno no se iba a aprovechar de las condiciones económicas de su hija (65c). No se imaginaba el viejo Bonay, que quien arruinaría a su hija, no iba a ser el marido (T.A.B.C.).

