Buscar este blog

ENSAYO BIOGRÁFICO DE JOSÉ HERAS ROLDÓS 4ª PARTE

 


    Los domicilios que conocemos de Adela, por los documentos que han salido hasta ahora, son sólo dos. El de la calle Cortes 442, principal 2ª. Un piso de 87 metros (74) que fue donde falleció en 1913 (C.D. A.B.C.) y el de la calle Bailén 70-1º. Esta finca  la compró Antonio Bonay Torner para sus hijos, ya que Adela tenía la mitad y su hermano Joaquín la otra mitad, hasta que esta segunda salió a subasta, y su hermano mayor José pujó por ella y se la adjudicó. José Bonay pidió un permiso de obras al Ayuntamiento el año 1897 para este edificio, cuando él estaba viviendo en la calle Mallorca 424, y pidió otro en 1908. En abril del año 1897 el juez del distrito de Universidad (Ensanche) dicta una cédula de requerimiento que aparece en prensa, para que Adela presente los títulos de propiedad de la casa número 70 de la calle Bailén, y que ha sido embargada en el juicio promovido por D. Gumersindo de Cosso i de Rosa, militar, comerciante y “amigo de confianza” que fue de Adela (75).
   El nombre de este señor aparecerá también, más adelante, en los testamentos de José Heras y de la propia Adela Bonay. Lo único que el juzgado conoce de Adela al citarla, es el nombre de su legítimo consorte: D. Evaristo Bofill i Pichot. Tres meses más tarde, el día dos de julio, al no presentarse en el Juzgado ni saber de su paradero, el juez la declaró en rebeldía, y ordenó ejecutar el embargo por una deuda de cuarenta y ocho mil pesetas, más mil doscientas de intereses, a las que había que añadir las costas. El día 8 octubre de ese año, D. Gumersindo Cosso ya aparece como propietario de la casa, en un documento del Ayuntamiento. Ese día, “alguien” le denuncia al “Cuerpo de Porteros de Vara” por construir ilegalmente un cuarto en el terrado, que sirva de depósito de agua. El portero de vara del distrito pasó la denuncia al Ayuntamiento, que lo declaró ilegal. En marzo del año siguiente, el Ayuntamiento le ordenó el derribo de dicho cuarto. Ocho meses después, D. Gumersindo no ha cumplido la orden, y el Ayuntamiento le apercibe con ser derribado a su costa por las brigadas del municipio, además de una multa. Don Gumersindo recibe y firma todas las notificaciones que le manda el Ayuntamiento, pero no hace ni caso. En enero de 1900, el Ayuntamiento le da otra oportunidad y al no aprovecharla, en febrero, le impone una multa de 50 pesetas, sin perjuicio de la orden de derribo que ha de cumplir. La multa se la comunica cuando ya se ha ido a vivir a la calle Aviñó 20 entresuelo, después de vivir unos meses en el 1º de la calle Pasaje nº 6. La casa de Bailén donde había vivido Adela, la puso en alquiler. Adela se marchó a Madrid donde vivió, por lo menos, hasta el año 1905 (76) en que sigue constando como propietaria de algún piso en alquiler en el 70 de Bailén (se marcha a Madrid, o dice que se marcha a Madrid, para esquivar acreedores. Por esas fechas, su hermano José Antonio tenía un piso vacío en la calle Arrabal nº 35 de San Gervasio de Cassolas)(76c y d). Adela fue propietaria de algún piso en alquiler hasta 1906 ó 1907, llevándole los trámites su procurador de la calle Barbará 24. En 1898, D. Venancio Mir demandó a multitud de propietarios del Ensanche, entre otros a Adela, en virtud de unas escrituras del año 1775, pretendiendo apropiarse de casi la mitad de edificios del Ensanche, de la calle Bailén entre otras (77). No sé cómo terminó esa demanda, pero evidentemente no consiguió la propiedad.
   Los cuatro hijos de Federico con Adela se apellidaron Bofill Bonay. ¿Por qué Bofill? ¿Por qué no Heras? Si Federico Heras les hubiera reconocido como hijos propios, con el permiso de su esposa Francisca, sin necesitar el permiso de Adela, según el Código Civil de 1889 en sus artículos 125 y 127, hubieran podido llevar el apellido Heras, por lo que se llamaba “Concesión Real” (76 b). Hubieran constado como hijos extramatrimoniales, pero apellidados Heras, legitimados y con derecho a recibir directamente la herencia de su abuelo, sin intermediarios. A Federico no creo que todo eso le preocupara en el momento de nacer sus hijos; pero ni Adela ni la familia Bonay estaban dispuestas a permitirlo, porque hubiera implicado el reconocimiento público y oficial del adulterio. Hay que tener presente que ya una tía de Adela, por parte materna, había tenido una hija natural de padre desconocido, y sabían muy bien el estigma social y jurídico que eso significaba. También hubieran podido hacer lo que hacían todas las solteras, viudas o casadas separadas, que se veían en esa misma situación: inscribir al niño como hijo natural de padres desconocidos y, de acuerdo con el juez, pedir su adopción, poniéndole los apellidos que los padres querían. Pero a Adela y a los Bonay, tampoco les gustó esta solución. Ellos prefirieron buscar una solución fácil, económica y amistosa con Evaristo Bofill i Pichot, sabiendo que la iba a aceptar, dada su situación pecuniaria
   De las cuatro familias que se enfrentaron a Federico y Adela, la hostilidad más agria y rencorosa, fue la que mantuvo Adela con los padres de su marido, porque probablemente fueran los que pusieran al corriente a Evaristo, de lo que estaba ocurriendo en casa con el “amigo de la familia”, y más tarde no estuvieron de acuerdo, con que Evaristo “vendiera” su apellido Bofill, para legitimar a los hijos de otro. Pero la enemistad que acabó siendo más intransigente y tajante, al convertirse en indiferencia y desprecio mutuo, fue la de Adela con José; y, por ende, la de Federico con su padre. Estos dos, mantuvieron el contacto durante un tiempo después de la separación de Federico con Francisca Farriols, pero su relación se rompió antes de terminar el siglo. El mayor deseo de José era tener descendencia que llevara su apellido, o por lo menos, que pudiera disfrutar de su herencia. A mediados de los ochenta del siglo XIX, José Heras, que sabía que su hijo se estaba viendo con Adela, debió de censurárselo enfrentándose enérgicamente con él, porque, entre otras cosas, Federico estaba engañando a su esposa Francisca, y humillándola públicamente. Pero lo que no suponía José, es que los nietos que no le había dado Francisca, se los iba a dar Adela Bonay, ni que, con la actuación de Federico y Adela, obligaran a Evaristo Bofill i Pichot a abandonar el domicilio conyugal, por dignidad y decoro. José estaba muy orgulloso de su apellido; sólo hay que ver sus firmas, sus escudos de piedra, sus testamentos o su panteón. También quería que sus nietos recibieran parte de su legado. Una vez inscritos con el apellido de Bofill, y siendo ya mayores, había una forma de conseguirlo: la adopción por parte de José Heras. Estoy seguro de que José debió de intentarlo, a través de su amigo Agustín Farriols y su esposa Dolores Centena Bonay. Adela seguramente debió de contestar a José, que si quería que sus nietos heredaran, tenía que ser a través de Federico; lo que José no debió de aceptar, porque sabía que de esa forma, a sus nietos no les iba a llegar nada, como veremos más adelante. Esta forma de transmitir su legado, fue la que utilizó más tarde Filomena Bofill, la nieta de José, al no tener descendencia y querer dejar todo su legado a sus sobrinos Adela y Santiago Bofill Usac, los hijos de la primera esposa de su hermano. En este caso, Filomena los adoptó con el permiso del padre de estos, Evaristo Bofill Bonay. Pero en el caso de José con Adela Bonay, esta no lo permitió de ninguna manera. Probablemente debió de contestarle textualmente: “Ni por encima de mi cadáver”. De ahí que hasta en su certificado de defunción, los albaceas insistan en dejar bien claro, que su marido se llama Evaristo Bofill i Pichot, y que sus tres hijos vivientes, son hijos de él. Por otra parte, José dejó escrito en su testamento que, si sus nietos “no quieren” su herencia, los sustituye y nombra herederos de confianza. Pero… ¿quién renuncia a una herencia como la de José Heras?, ¿por qué José tenía dudas de que sus nietos aceptaran su caudal hereditario? La única respuesta es que José no conocía, ni había tratado personalmente a los hijos de Federico.
   Cuando Adela se enteró de que estaba embarazada del primer hijo de Federico, no sé si todavía convivía con su marido Evaristo, creo que sí. En cualquier caso, lo que se desprende de la lectura de sus testamentos, es una separación muy amistosa. De hecho, ya en el tercero, el de noviembre 1888, le nombra albacea junto a su hermana Javiera, para que se encarguen de su entierro, y dispongan sufragios para su alma. Le nombra heredero en el caso de haber fallecido sus dos hijas vivientes, y tutor de estas en caso de sobrevivirle. Todo ello bajo estrictas condiciones de no contraer nuevo matrimonio, ni de convivir con los padres de él, juntos o por separado (insiste cuatro veces en esta condición). Caso de no cumplirse estas condiciones, nombra administradores de sus bienes (ropa blanca y de color, junto a algunas alhajas) y tutores de sus hijos, a sus hermanos Federico, José y Javiera junto a Federico Heras Sagristá, sin que pueda tener su esposo intervención alguna en la administración de sus bienes. Si, aun así, su marido insiste en intervenir como tutor de sus hijas, deja a sus dos hijas la legítima y nombra heredera del resto a su hermana Javiera. Para el caso de que su marido hubiera fallecido en el momento de morir ella, nombra tutores de sus dos hijas vivientes, Caridad y Filomena, a sus hermanos Federico y José, junto a don Federico Heras Sagristá. Su hermana Javiera era su preferida, y yo creo que la de todos los hermanos, por las cualidades y virtudes que tenía. Para el caso de que su herencia fuera a parar a sus hermanos, ordena que la mitad de su legado se lo quede Javiera, y la otra mitad se lo repartan, a partes iguales, entre los demás hermanos. Javiera mantuvo la amistad y buenos contactos hasta el día de su muerte, con el infortunado Evaristo Bofill i Pichot (78). En este tercer testamento, ya se aprecia que en lo tocante al dinero y a la tutoría de sus hijas, se fía más de su legítimo marido Evaristo, que de su pareja de hecho Federico Heras; siempre y cuando su marido, no se vaya a vivir con los niños a casa de sus suegros.
   Poco antes de que Adela alumbrara a Filomena, su marido Evaristo estaba pasando por momentos económicos muy difíciles. No olvidemos que el año anterior acababa de quebrar su empresa. Bien Adela o bien su hermana Javiera Bonay, y a cambio de dinero, le propusieron a Evaristo dar su apellido a la hija de Federico que venía en camino (R.F.). Evaristo se prestó a eso, porque en ningún momento parece haber dejado de querer y respetar a Adela, y supongo que porque tampoco le vendría mal ese dinero. Las cuatro veces que Adela parió después de su amistosa separación, siguió el mismo procedimiento. En las cuatro, Evaristo accedió a sus deseos de vender su apellido, para legitimar a los hijos extramatrimoniales de su esposa con Federico Heras. Le daban a Evaristo un papelito con los nombres que la pareja Heras-Bonay querían para su vástago, y el Sr. Bofill hacía acto de presencia en el Registro Civil, para inscribir al niño. En el momento de inscribir al recién nacido Evaristo Bofill Bonay, el Sr. Bofill i Pichot se confunde en el día de nacimiento de la criatura, por haber nacido a las dos de la madrugada del 16. Al no estar presente en el nacimiento, quien fuera que contactara con él, le dijo que había ocurrido a las dos de la noche del 16, y él supuso que ya había sido el día 17. Y nacido el 17 lo inscribió. Pero Evaristo B. Bonay nació el 16 de agosto, el día de San Roque. Se confunde también el Sr. Bofill i Pichot, en la edad de su esposa, cuando manifiesta que Adela Bonay tiene treinta y tres años, en el momento de nacer Evaristo Bofill Bonay, cuando realmente tiene treinta y siete. Cuatro años más (C.N. E.B.B.). Comprensible, por la cantidad de tiempo que llevaban separados.
   Ya que hemos comentado el tercer testamento de Adela, vamos a ver la diferencia con el último de mayo del 1894. Lo primero que se advierte, es que en los últimos seis años de vivir con Federico Heras, pasa de tener cédula octava a tener cédula undécima. O sea, en lo referente a la economía: un desastre. En ese momento tiene treinta y seis, a punto de treinta y siete años, y las dos hijas Caridad y Filomena. Ya han muerto sus padres, con lo que ha heredado la casa vacacional de Folgarolas, y todo lo que le tocó por parte de su madre dos años antes, y que Federico ya había dilapidado. También han fallecido sus queridas hermanas Filomena y Javiera. Sus dos suegros siguen vivos. En este último testamento, nuncupativo (al dictado) como el anterior, Adela nombra albaceas a D. Evaristo Bofill, a D. Federico Heras, a D. Gumersindo Cosso i Rosa y a D. Claudio López Brú. Claudio López Brú, sobrino de su hermana Javiera y amigo de toda la familia Bonay. II Marqués de Comillas y Grande de España, quien sus cualidades, obras religiosas y donaciones a la Iglesia, así como su voto de castidad (aunque estuviera casado) han llevado a iniciar su proceso de beatificación por el Vaticano en 1945. Este proceso fue iniciado hace setenta años, pero difícilmente obtendrá el visto bueno, con los últimos datos aportados por los historiadores a la Congregación para la Causa de los Santos. Claudio dejó escrito que todos los descendientes de Adela Bonay, que quisieran seguir la carrera religiosa, tendrían gratis los estudios en el Seminario Pontificio de Comillas (R.F.). Adela continúa diciendo en su último testamento que, juntos los cuatro albaceas o por mayoría, les deja todo lo referente al entierro de su cadáver, funerales y demás píos sufragios. Pide que si alguna deuda deja pendiente en el momento de su muerte, se satisfaga, a ser posible, sin pasar por los tribunales. Declara que obran en su poder la cantidad de mil doscientos cincuenta duros y un medallón de brillantes, que su difunta hermana Javiera legó a su hija Filomena, a quien deberán entregárselo, juntamente con los intereses producidos, desde el momento del fallecimiento, de la cantidad antes mencionada. Deja a su hija Caridad (de la que dice que le aqueja una dolencia) la casa de Folgarolas, situada en la calle Mayor (procedente a su vez, del legado de Antonia Carbó, la madre de Adela) la casa donde veraneaban los Bonay; donde en agosto de 1892 sufrieron un intento de robo, que fue frustrado por la criada (120).
    Reparte entre cada una de sus hijas y a cuantos otros pudiera tener, la cantidad de mil doscientos cincuenta duros, cuando se casen o cumplan la mayoría de edad. Lega el usufructo de todos los bienes que puedan quedar (al no nombrarlos, quiere decir que en ese momento no los tiene) a su marido Evaristo, con las mismas condiciones que ponía en el testamento anterior, repitiendo que caso de no cumplirlas, cesará por completo en derecho a usufructuar esos bienes. Una vez extinguido ese usufructo, instituye herederos universales, de los bienes que hayan podido quedar, a sus hijas Caridad, Filomena y al que en ese momento lleva en su seno (Evaristo), si nace con condiciones de viabilidad. Todos ellos por partes iguales.
   En este último testamento, confirma que no se fía de su amante. En 1894 todavía estaba con Federico, pero nombra usufructuario a su marido Evaristo. Pensaba que caso de fallecer, sus hijos se iban a quedar en la calle. También llama la atención que no lega a sus hijos por igual: a Caridad le da una casa en Folgarolas, y a Filomena un medallón de brillantes, que ya le pertenecía por legado de su tía Javiera. El dinero de Caridad se lo debió entregar personalmente como dote, porque cuando se casó Caridad, Adela todavía vivía. También es muy curioso, que nombra albacea a Gumersindo de Cosso, cuando solo tres años más tarde, el mismo Gumersindo la lleva a los tribunales, por una deuda descomunal, que nada tiene que ver, con los pocos duros de los que habla en su testamento. Esta caída en el patrimonio de Adela, desde el año 1883 en que todavía estaba viviendo con Evaristo Bofill, hasta 1897 en la que tiene una deuda de más de cuarenta y nueve mil pesetas, sólo con Gumersindo de Cosso, me lleva a creer que Adela y Federico no acabaron juntos. Lo que se ve claramente, es que el nivel de vida y gastos que llevaban Federico y Adela, no se pudo prolongar en el tiempo más allá de finales del siglo XIX, y más concretamente de 1896.
   No consta en ninguna parte, que Adela volviera con Evaristo. Estoy convencido de que no volvió con él, en ningún momento. De lo que sí hay constancia, es de que la familia Bofill la repudió por sus hechos. No la consideraron de la familia después de separarse. Hay un par detalles que demuestran lo que digo: el 27 de septiembre de 1902, fallece de un carcinoma con 68 años, D. ª Ángela Pichot i Selva, suegra de Adela Bonay (79). Los familiares que ponen la esquela, nombran a todos los hijos vivientes por orden de edad, aunque los varones primero, como siempre. Nombran también a todos los yernos y nueras.
   Todas, excepto a Adela Bonay que no figura entre los familiares. A los pocos años, el 17 de octubre de 1906, fallece con 83 años el ex concejal Jacinto Bofill i Bassas, suegro de Adela Bonay. Al año siguiente, el 28 de octubre de 1907, todos sus hijos políticos, con expresión de sus nombres, ruegan la asistencia a unas misas en su memoria (80).
   Bien, pues Adela Bonay tampoco aparece entre las nueras. Como si no existiera. No la cuentan entre los familiares. No aparece por ningún lado. Para entonces ya llevaba 24 años separada, tenía a su hija Caridad casada y sólo faltaban 6 años para que muriera. Si algún lector minucioso, intenta comparar los hijos políticos que aparecen en esta segunda esquela, con los que aparecen en el libro de “Els Bofill de Viladrau”, verá que en la esquela tampoco figura el Dr. Agustí Pérez Bufill, oculista, que en el libro aparece en la página 59, apartado B.1.7, casado con Angelita “Bofill Pichot“. Muy alejado de mi interés, está el hacer una crítica de los errores de otras personas, que indagan y escriben. Pero en honor a la verdad, hay que decir que Angelita, Ángeles, Mª de los Ángeles o Mª d´els Ángels, que de las cuatro formas aparece, no se apellidaba “Bofill i Pichot” sino “Pichot i Bofill”. Era hija de Matilde Bofill Pichot (la que se casó con su tío) y no hermana suya. No era hija del concejal Jacinto Bofill y Ángela Pichot, sino que estos eran sus abuelos maternos. Nació el 23 de mayo de 1887 a las siete de la mañana, y la inscribieron en el juzgado de Palacio, el día siguiente. El marido de Angelita, Agustí Pérez Bufill, oculista y padre de oculista, nació el 12 de enero de 1882 y era hijo del Dr. Agustín Pérez Martínez y de Emilia Bufill. Agustín y Angelita tuvieron nueve hijos. En el libro de los “Bofill” cuentan siete. No cuentan con los dos que nacieron y murieron de niños. El primero se llamaba Emilio, en deferencia a la madre de él. Se les murió neonato, con cinco días de vida. Inmediatamente tuvieron otro varón y le pusieron de nombre Emilio, otra vez. Se les murió también. En el transcurso de veinte meses, enterraron dos hijos llamados Emilio. No volvieron a repetir nombre. Cuando Agustín ya era mayor, unió sus dos apellidos en uno, Pérez-Bufill, y de segundo tomó el de su padre, Martínez. Quedando su filiación como Agustín Pérez-Bufill Martínez, y apellidándose sus hijos Pérez-Bufill Pichot. El Dr. Pérez-Bufill Martínez, falleció en día 1 de noviembre de 1960. Ocho años antes que su esposa Angelita Pichot i Bofill. Vivían en la calle Valencia nº 247 de Barcelona (81) y sus restos descansan en el cementerio de Poblenou. A mayor abundamiento, cuando el 5 de enero de 1908, fallece Emilio Pichot i Selva, padre de Angelita, el Dr. Pérez Bufill no aparece en la esquela, pero sí aparece en el aniversario del año siguiente, aunque sin estar casado todavía con ella (82), ya que se casaron a primeros de marzo de ese año 1909, en el juzgado de Lonja, dos meses más tarde (82e).
   Por todo lo aquí apuntado, el Dr. Agustí Pérez-Bufill, no podía aparecer ni apareció en las esquelas, entre los yernos de Jacinto Bofill i Bassas, ni de su esposa Ángela Pichot i Selva.
   Este significativo detalle lo incluyo, porque hay quien apunta la posibilidad, de que lo de Federico y Adela fuera sólo una “aventura pasajera”, pero que al poco tiempo volvieran con sus respectivos cónyuges. Si así fuera, Adela Bonay hubiera acudido al funeral de su suegro y hubiera convocado a parientes y amigos, junto a todos los yernos y nueras de Jacinto Bofill i Bassas, y no fue así. La separación de Adela y Evaristo sin el menor género de dudas, fue definitiva. Aunque siguieran siendo buenos amigos hasta que murió Adela. Otra prueba irrefutable de que la separación fue definitiva, es que, en el censo municipal de Barcelona de 1900 (13 años antes de fallecer Adela), Evaristo Bofill Pichot aparece viviendo junto a sus padres y su hermana soltera Elisa, en la calle Cristina número 2 entresuelo, y en el censo de 1905, una vez fallecida su madre Ángela Pichot, sigue viviendo con su padre y su hermana

 

Creer lo contrario, sería poner en entredicho la dignidad y honorabilidad de Evaristo Bofill i Pichot y dejar por los suelos su amor propio. Quien intenta defender esa idea, es para restar gravedad o disculpar el proceder de Adela Bonay i Carbó. Por otra parte, en el matrimonio de Federico con Francisca, sólo hay que leer el testamento de José Heras, para saber que su separación fue definitiva. De hecho, llegaron a divorciarse. Antes he dicho que desde el siglo XII hasta la Segunda República en 1932, no existió en España ley de divorcio. Y así fue. Pues bien, en julio de 1915, en el juzgado de Hospital de Barcelona, con el número 250, consta la inscripción del matrimonio anulado por divorcio de Federico Heras Sagristá, con Francisca Farriols Anglada (82b). A mayor abundamiento, en el inventario de aceptación de la herencia de José Heras, Francisca Farriols Anglada se presenta como “casada y legalmente divorciada por sentencia firme”. ¿Cómo lo consiguieron? No lo sé. Tengo una sospecha, pero no lo sé. Más tarde trataré de nuevo este tema.
                                      FIN DE LA CUARTA PARTE. CONTINÚA EN LA  👉  5ª PARTE



ENSAYO BIOGRÁFICO DE JOSÉ HERAS ROLDÓS 1ª PARTE

                                                                         PRÓLOGO    Tengo que empezar este borrador biográfico de José...