Pero volvamos atrás en el tiempo, y situémonos en la separación de Evaristo Bofill i Pichot y Adela Bonay. Con la ayuda económica de sus padres, Evaristo se fue a vivir a la calle del Carmen nº 12 (C.N. E.B.B.). Adela se quedó con Federico, en su casa de la calle Bailén 70 piso 1º-1ª, donde nació Filomena. Los últimos días del embarazo y parto de Joaquina el año 1889, y de Adelita el año siguiente, Adela se desplazó temporalmente a la calle Cortes 372- 3º (bloque propiedad de los Bonay a escasos 100 metros de su domicilio) para estar cerca de su madre, que vivía en el primer piso, quedándose Federico en la casa de Bailén. En el año 1891, el día que falleció la niña Joaquina, Adela estaba con Federico en su piso de Bailén (67) (C.D. J.B.B.). En España, dependiendo de las circunstancias familiares y económicas, había once clases de cédulas personales de identificación, que cambiaban todos los años. La 1ª pertenecía a las grandes fortunas, como podían ser los marqueses de Comillas, las familias Xifré, Remisa, Vidal-Quadras, Safont o los Güell. José Heras era muy rico, pero no llegaba a la 1ª, tenía la clase 2ª, igual que su amigo el abogado Narciso Verdaguer. Antonio Bonay Torner y Jacinto Bofill Bassas tuvieron la 4ª, igual que el doctor Agustín Farriols y el juez Antonio Codorníu; y así sucesivamente hasta llegar a la número 11ª, la última de la numeración y la más abundante, entre quienes se encontraba Francisca Farriols Anglada, antes de heredar de su suegro José; los siguientes ya eran “los pobres de solemnidad, religiosas de clausura o clase de tropa” (sic) que estaban dispensados de sacarla (68). No sé exactamente qué clase de cédula personal tenía Adela el año de su separación, pero cuando se casó en 1881, tenía la 6ª; después de heredar de su padre el efectivo y la mitad del bloque de Bailén, debió de subir al menos una clase; tres años después de separarse de Bofill, en el año 1888, ya había descendido a la 8ª y sólo seis años después, en 1894, tenía la última: la 11ª. O sea que, en 1894, con poco más de nueve años de convivencia, su amado Federico la había arruinado totalmente.
En las capitulaciones matrimoniales, Evaristo jura que no tiene nada con qué avalar la dote de Adela, y que cuando vaya haciendo patrimonio, lo compartirá con su esposa (69). Está claro quién es el que tiene dinero, y quién no. Después de la separación, Evaristo se fue a vivir a una casa de muy baja renta ya que, en el año 1886, tenía la clase 11ª. Sin embargo el año 1894, cuando Adela tiene la 11ª, Evaristo ha progresado hasta la 7ª. En el año 1913, cuando fallece Adela, Evaristo ya es propietario; lo que significa que, por lo menos, tiene una casa de la que obtiene rentas. Se ve un claro cruce de condiciones económicas.
Antonio Bonay i Torner invirtió mucho dinero en casas del nuevo barrio del Ensanche. Además, les compró varias a cada uno de sus hijos. José Bonay Carbó tenía un piso en el nº 70 de Bailén que no habitó. Vivió durante un tiempo en otro de su propiedad del nº 49, donde falleció su primera esposa, hasta que a primeros de siglo, le terminaron su casa familiar en el número 130 de Bailén, donde aparece censado junto a su familia en 1905. Federico Bonay también fue propietario de los números 39 y 41 de la calle Bailén (69b). En el bloque del número 70, Joaquín Bonay, su otro hermano, era propietario de otro piso que puso a su nombre y de su hija Antonia Bonay de Vely. Esta casa se subastó el año 1896, por el juzgado del distrito del Hospital, sin que se sepan los motivos. Quien le llevó la deuda a los tribunales fue D. Mariano Jolis Pellicer (70). En el que vivía Adela, fue embargado por el juzgado del distrito de Universidad, al año siguiente, en 1897, como explicaré más adelante.
La finca nº 70 de la calle Bailén, ahora corresponde al misterioso templo de los joyeros Masriera y está dedicado a usos religiosos. En 1900 hubo una proposición para la renumeración de la calle, que fue aprobada en el Consistorio el 11 de diciembre de 1902. El número 70 antiguo, corresponde al actual nº 56 (71).
Retomando el tema de la separación de Evaristo y Adela: sabemos que en principio, tanto Adela Bonay y Evaristo B. Pichot, como Federico y Francisca, se separaron de hecho, pero no de derecho, ya que ni durante el reinado de Alfonso XII, ni durante la regencia de su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo-Lorena, ni tampoco durante el reinado del hijo de estos: Alfonso XIII (los tres mandatos coincidieron con ambos matrimonios) existió en España el divorcio ni la separación legal; que en un momento de la Baja Edad Media, sí llegó a admitirse en el Fuero Juzgo, sólo en los casos de sodomía del marido y de inducción a la prostitución o adulterio de la mujer, pero que el Código de Las Siete Partidas de Alfonso X El Sabio lo prohibió en el siglo XIII. No fue hasta siete siglos más tarde, en la Ley del Divorcio de 1932, que las Cortes Republicanas lo aprobaron, con un breve periodo después de la revolución de 1868 (La Gloriosa) que destronó a Isabel II y trajo el Sexenio Democrático, en que también estuvo legislado y permitido. Estas separaciones de facto, más el amancebamiento de Adela con Federico, no debió de sentar muy bien en las familias afectadas, que debieron reprobarles sus decisiones. Sobre todo, a Adela y a Federico, ya que tanto Evaristo B. Pichot como Francisca Farriols, habían sido los perjudicados. Lo que sí está claro, es que estas separaciones, seguidas del ayuntamiento de Adela Bonay con Federico Heras, más los cuatro niños nacidos de esa unión, constituyó un escándalo y una provocación en la Barcelona de finales del siglo XIX, en una sociedad aldeana, burguesa y santurrona, a la que pertenecían las cuatro familias afectadas. Como siempre, hemos de ponernos en el momento histórico de esa década. Cuando los hermanos Lumier inventaban el cine, y las lámparas de mercurio sustituían a las de gas en los alumbrados públicos. Cuando faltaban años todavía, para que Henry Ford pusiera en marcha el sistema de producción industrial del automóvil, o los hermanos Wright (los primeros en hacer volar un ingenio construido por el hombre) todavía estaban construyendo bicicletas el mayor (Wilbur) y estudiando primaria el pequeño (Orville), ya que faltaban casi veinte años, para que construyeran y volaran su primer aeroplano en Kitty Hawk. Esto hay que unirlo a la moral religiosa imperante, en la que la alta sociedad del momento estaba constituida por veinte o treinta familias, no más. Pero lo que más influyó para amplificar el escándalo, fue tratarse de quien se trataba: nada menos que el disoluto y libertino hijo del constructor José Heras, que abandona a una hija del respetado comerciante Agustín Farriols, para amancebarse con la hija del difunto concejal Antonio Bonay, que ha traicionado a su marido, el hijo mayor del prudente y recto concejal Jacinto Bofill i Bassas. Los cuatro, hijos de personas que pertenecían a lo más granado y distinguido de la Burguesía Modernista Barcelonesa, pero que, si nos fijamos un poco, ninguno de los cuatro tenía méritos propios para figurar en esa élite. Aun así, está claro que debió de ser el tema de cotilleo y chismorreo, de todas las tertulias públicas en bares y reuniones, más que nada, por lo conocido que era Federico, en las noches de Barcelona y por su fama de mujeriego. Ya en 1880, tres años después de casado, aparece en prensa, regalando cromos a las señoras (sólo a las señoras) que asistan a cierto espectáculo ecuestre en la Plaza de Cataluña (72). Tan vergonzoso debió de ser, que Filomena y Evaristo Bofill Bonay, los dos hijos supervivientes de Federico Heras, al principio mantuvieron en secreto esta historia, incluso a los nietos de este último. Cuando ya todos eran mayores, la segunda esposa de Evaristo B. Bonay, Teresa Mercadé Turdiu, reunió a todos los hijos de su marido en el comedor de su casa, sin la presencia de Evaristo, para contarles la historia y procedencia genética del padre, con la advertencia de mantener el secreto (¿Trasmitió Teresa la historia motu proprio, o a petición de Evaristo?... en casa de Evaristo B. Bonay, no se movía una cuchara sin su permiso). La hija mayor, Adela, ya conocía toda la historia, porque se la había contado su tía y madre adoptiva Filomena B. Bonay. Según me asegura uno de los hijos más jóvenes, él no estaba presente en esa reunión familiar. Es posible que Teresa Mercadé reuniera sólo a los mayores y dejara a los tres más pequeños, para contárselo en otra ocasión más adelante, pero esa segunda ocasión no llegó. Por lo que me cuenta ahora, el que asegura estuvo ausente en esa reunión, él se enteró a través de su hermana mayor María Teresa Bofill Mercadé, que sí estuvo presente, y ella fue la fuente que informó también a los otros dos más jóvenes. El caso es que ya hace más de cincuenta años, que todos los hijos de Evaristo Bofill Bonay conocen su procedencia biológica: bien por su tía, bien por su madre, o bien por su hermana mayor. Y nada se sabría de no ser por el hijo más joven, que lo contó a un sobrino de confianza, y este me lo contó a mí. Después de esto, en la primavera del año 1984, le pedí confirmación a mi madre, Adela Bofill Usac, la hija mayor del primer matrimonio de Evaristo B. Bonay, y esta me confirmó toda la historia. Dudo que todos los hijos de Evaristo, hayan contado su procedencia genética a sus respectivos descendientes. Más bien creo que todavía hay alguno que no lo sabe, y el que lo sabe lo esconde; porque en verano de 2014, en el Facebook de un nieto de Evaristo, apareció un retrato del concejal Jacinto Bofill i Bassas, como si perteneciera a nuestra familia, presentándolo como nuestro tatarabuelo. Y este año de 2022, todavía hay otra que se presenta públicamente de forma presuntuosa, como descendiente del biólogo José Mª Bofill i Pichot, añadiendo que se siente muy orgullosa de ello (!).
Tan vergonzosa debió de ser esta historia del siglo XlX, que aún hoy, un bisnieto biológico de Federico Heras Sagristá está gastando tiempo y fortuna, en demostrar que este relato no es cierto y que su sangre procede de la rama de los Bofill i Pichot. Tan obcecado está ese bisnieto, que se ha hecho con los derechos del nicho del cementerio de San Gervasio, donde estuvieron enterrados parte de los protagonistas de esta historia, y que de sangre Bofill sólo estuvo uno: el primero. El niño Antonio María Bofill Bonay. El resto son de sangre Heras, Bonay o Usac. Exceptuando “el extraño” José Vila Rosell, enterrado en 1908, quien cinco años antes había sido testigo de boda de Adela Albigés, con José María Bonay Prunera, sexto hijo de José Bonay Carbó con su primera esposa Dolores Prunera. José Vila Rosell no tenía dónde ser enterrado y José Bonay prestó el nicho que le había comprado a Evaristo Bofill i Pichot (73). José Bonay Carbó no enterró a nadie más en ese nicho. Al año siguiente de que Filomena y Evaristo Bofill Bonay enterraran a su padre Federico, Filomena se hizo cargo de los derechos, como ya se ha dicho. La verdad es cada vez más palpable y evidente, pero tan empecinado está el mencionado bisnieto de Federico Heras en ser descendiente de Bofill i Pichot que, en esa sepultura, vacía desde 1990, ha mandado poner una lápida que, de forma obsesiva y engañosa, dice: “FAMILIA BOFILL”. También ha mandado inscribir en los laterales del vano de entrada del nicho, los nombres y fechas de defunción de todos los que allí estuvieron. Es un detalle de agradecer, aunque en las fechas no acierte ni en una sola (73b). Por otra parte, este trabajo demuestra que hay otros descendientes, que están dispuestos a reivindicar la figura de José Heras Roldós y de su hijo Federico, como antepasados biológicos, sin importarles la vergüenza social, que supusieran estos hechos, hace casi un siglo y medio, ni la reputación de sus autores y autoras.
También hay que hacer constar el hecho de que en 2010 apareció en Ibiza (lugar donde el único Bofill que se estableció y tuvo descendencia fue Evaristo Bofill Bonay) una segunda edición del libro “Els Bofill de Viladrau”. La primera fue editada en Barcelona en 2004. La segunda, impresa y financiada por la “familia Bofill de Ibiza”. El libro está escrito por Eugeni Bofill i Bofill (fallecido en octubre de 2017) y Roser Bofill i Portabella (fallecida en octubre de 2011) descendientes de otras ramas de los Bofill (los Noguer y los Mates). Trata de la saga de los Bofill y forma árboles genealógicos. Aporta el nombre de todos los hijos de los hermanos Bofill i Pichot. En el capítulo dedicado a Evaristo Bofill i Pichot, los autores escriben un escueto “casado y separado de Adela Bonay Carbó” sin aportar el nombre de ninguno de sus hijos. Está claro que los autores del libro sabían que los hijos de Adela Bonay eran hijos de Federico Heras y no pertenecen a la saga de los “Bofill de Viladrau”, y más tarde explicaré porqué lo sabían. El hecho de que “la familia Bofill de Ibiza” imprimiera y financiara esa segunda edición, podría presentarse como disculpa, que Teresa Mercadé Turdiu no explicara a todos los descendientes de su marido Evaristo, la procedencia de este. Eso sería una disculpa infundada, porque a mí me consta sin lugar a dudas, que todos los nietos de Federico Heras, saben que son nietos suyos, y que incluso han indagado y han podido confirmarlo. Más bien da la sensación, de que quieren hacer causa común con los bisnietos a los que les gustaría pertenecer a la familia Bofill i Pichot, y seguir ocultando la verdad, para no reconocer el adulterio de su abuela hace 140 años. ¿Por qué una mujer casada y con una hija, traiciona a su esposo y yace con otro hombre casado? No lo sé, pero motivos hay muchos. Todos ellos van contra nuestros usos y costumbres. Por parte de Adela Bonay hay que tener presente, que su matrimonio fue concertado por sus padres. Y si tenemos en cuenta su fuerte personalidad y su marcado carácter, está claro que en cuanto pudiera, iba a llevarle la contraria a la voluntad de su padre. Por parte de Federico Heras, teniendo en cuenta que la de él con Francisca Farriols Anglada, parece haber sido también una boda, si no pactada, sí al menos llevada a cabo por motivos económicos, habida cuenta su agraciado físico y su carácter embaucador, lisonjero y libertino, estaba claro también, que no iba a tener ningún apuro en dejar a su esposa, para irse con otra que tuviera más dinero. Dinero que no pudo sacarle a su legítima mujer ni a su suegro, que habían puesto límite a sus desmesurados gastos. Francisca tuvo que pedir dinero a su suegro José, y este se lo donó ante notario, para mantener el nivel de vida de su esposo Federico. También le pidió a sus dos hermanos, Agustín y Agustina Farriols, cuñados de Federico. Estos dos, prestaron considerables cantidades a Federico que, más tarde, su padre José Heras, tuvo que devolverles. Tampoco pudo sacarle más a su propio padre, porque también lo tenía exprimido y así mismo había dicho “basta”, a la devolución de préstamos, pagarés y pago de deudas contraídas por Federico. Pero sí podía desplumar a su más incondicional, encelada y admiradora Adela, que estaba dispuesta a prestar a fondo perdido y endeudarse, lo que hiciera falta por su querido, deseado e idolatrado Federico.
Pero sigamos con la historia. Una vez separados ambos matrimonios, Federico y Adela se quedaron viviendo en la calle Bailén, donde tuvieron a su primera hija Filomena (Filomena Matilde Adela Juliana) que nació en febrero de 1886. Después vino Joaquina (Joaquina Enriqueta Josefa Paula) que nació en enero de 1889. El 19 de marzo de 1890, nació Adelita (Adela Joaquina Javiera Florentina). Después vendría Evaristo (Evaristo Federico Javier Roque) que nació a las dos “y media” (al final del certificado se anula “y media”) del día dieciséis de agosto de 1894. Sin que sea un dato determinante, podemos estudiar los nombres que Adela puso a sus seis hijos, porque tienen unas motivaciones y significados muy concretos: ya al primer hijo de Bofill i Pichot, le pone Antonio, como el padre de ella, de segundo le pone Mª de los Ángeles, como la madre de Bofill, de tercero le pone Jacinto, como el padre de Bofill, de cuarto le pone Juvenal, por el santoral del día, algo muy usual en esa época. De Caridad, la segunda hija de Bofill, no tengo su certificado de nacimiento. En el caso de la primera hija con Federico Heras, está claro que le pusieron Filomena por la hermana mayor de la madre. El segundo nombre: “Matilde”, es un nombre que no se da en la familia de la madre, pero que sí lo vemos varias veces en la familia de Federico (Matilde era su tía preferida, y a la que también sacaba dinero). Lo vemos también una vez en la familia de Evaristo. Este es uno de los puntos sobre los que pivota la duda, que, si cuando nació Filomena, Evaristo Bofill i Pichot sabía ya lo que estaba pasando en casa, con el “amigo de la familia”, y convivía aún con Adela o ya la había abandonado. El tercer nombre de Filomena era Adela, es posible algo de vanidad, por parte de la madre de la niña, porque la madre de Adela se llamaba Antonia y las abuelas María y Rosa; por parte de Federico, su madre se llamaba Agustina y sus abuelas Eulalia y Gracia; y por parte de Evaristo, su madre se llamaba Ángela y sus abuelas Lucía y Francisca. Adela Bonay, es la primera en llamarse Adela en varias generaciones. El cuarto nombre de Filomena es Juliana, por el santoral del día en que nació. Con la segunda hija de Heras, Joaquina, la madre vuelve a poner el nombre de otro de sus hermanos en femenino, y de segundo le pone Enriqueta, el nombre de la hermana de su amante. Nombre que tampoco se encuentra en la familia Bonay ni en la de Evaristo Bofill. El tercer nombre, Josefa, podría ser por el hermano de ella o por el padre de Federico. Tengo la certeza total, de que no fue por el padre de Federico. El cuarto nombre, Paula, por el santoral del día. En el caso de Adelita, la tercera hija de la pareja Heras-Bonay, el primer nombre está claro. Con el segundo, Joaquina, los padres deciden poner el de la hermanita mayor, que acababa de tener un gravísimo accidente y estaba prácticamente desahuciada. Javiera por otra hermana de la madre y el cuarto, Florentina, no sé el motivo, porque la onomástica de Santa Florentina es cinco días antes de su nacimiento. La niña nació el 19 de marzo, que es el día de San José. Florentina es un nombre que no se ve en la familia Heras ni en la Bonay. Tampoco era un nombre habitual en la Barcelona del siglo XIX. Quizá no quisieron repetir el nombre Josefa y echaron hacia atrás en el santoral. Al último hijo, Evaristo, le ponen el nombre del padre putativo en agradecimiento por legitimar a los vástagos de Federico (aunque ya hubiera existido un pago en metálico por todas esas legitimaciones, según los relatos familiares) pero de segundo le ponen el nombre de su auténtico padre: Federico (nombre que más tarde, Evaristo B. Bonay pondría al primer hijo con su segunda esposa, y este a su vez, también le puso a su primer hijo). De tercer nombre, a Evaristo le ponen Javier, por Javiera, la hermana de la madre que había fallecido unos meses antes. De cuarto Roque, por el santoral, como siempre. Si quitamos los nombres Evaristo y Matilde, de los otros catorce que Federico y Adela pusieron a sus hijos, ninguno coincide con los de la familia Bofill, y muchos de ellos sí se dan en la familia Heras, incluyendo el de Matilde, como ya he dicho. Cuatro generaciones seguidas de Federicos. El primero enterrado junto a Adela Bonay. El segundo: nombre compuesto del hijo de Adela. El tercero: nieto de Adela. El cuarto: bisnieto de Adela. Y tenemos que creer, que los dos últimos no saben de dónde ha salido su nombre. ¿En su momento no se lo preguntaron a sus padres? Es algo increíble, difícil de aceptar.
Tres o cuatro años antes de venir al mundo Evaristo, la niña Joaquina, cuando tenía entre uno y dos años, se cayó por la escalera y tuvo lesiones irreparables en la columna vertebral. Dicen los relatos familiares, que a través de un familiar que vivía en Argentina (debe tratarse de Joaquín Bonay) le contaron a la pareja Heras-Bonay, que allí había un buen especialista en ese tipo de lesiones, y la pareja con la niña partió para Buenos Aires, con el fin de intentar curar a su hija. No lo consiguieron. La niña falleció con veintiséis meses, pero de otra cosa.
FIN DE LA TERCERA PARTE. CONTINÚA EN LA 👉 4ª PARTE
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