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ENSAYO BIOGRÁFICO DE JOSÉ HERAS ROLDÓS 7ª PARTE

  

    Ni Filomena ni Evaristo, conocieron las últimas voluntades que su abuelo José había trasmitido a los herederos de confianza, hasta que estos se lo comunicaron porque, entre otras cosas, dudo que Adela permitiera a sus hijos ir a ver al “tacaño” de su abuelo, ni que tuvieran ninguna relación con él. Con su padre Federico, sí tenían trato y le llamaban “papá”. Pero con el abuelo, no creo que tuvieran ni el más mínimo roce, aunque José sí sabía perfectamente, cuáles eran los nombres de sus nietos, donde vivían y todo lo referente a sus vidas. Esa herencia les vino a los hermanos Filomena y Evaristo Bofill Bonay, como maná caído del cielo.
   Narcís Verdaguer i Callís falleció el cinco de abril de 1918 (96) y Agustín Farriols i Anglada, el 7 de diciembre de 1925 (97) cuando todavía quedaba la finca de Riera Alta nº 48, a nombre de los tres herederos de confianza. Después de fallecer la usufructuaria Francisca Farriols en 1930, el único heredero de confianza que quedaba vivo, era el juez Antonio Codorníu Tarrés. Éste, junto al abogado Francisco Milá Guilamany, que es el suplente designado por José, vendieron en junio de 1932, ese bloque que quedaba de la propiedad de José Heras, al matrimonio Juan Estruch Torner y Teresa Suñol Gibert, residentes en Suiza, por la cantidad de ciento cuarenta mil pesetas en escritura, más diez mil seiscientas veinticinco pesetas, que le pagan a la Hacienda Pública. Este matrimonio, a los dos años, lo vendió a una tercera persona, por la cantidad de ciento cuarenta y dos mil quinientas pesetas en escritura.   
    Al recibir su herencia, los hermanos Bofill se pasaron cuatro años pidiendo créditos hipotecarios, avalados por sus dos bloques. El uno ya entregado en plena, el otro todavía en nuda propiedad. En febrero de 1921, le venden a Don Jaime Tarradellas Rovira el número 54-56 de su plena propiedad, por noventa y cinco mil pesetas, de las cuales se entregan treinta mil en el momento de la escritura, y las otras sesenta y cinco mil, se las retiene el comprador en su poder, para el pago de los créditos que tenían concedidos los hermanos Bofill Bonay, sobre esta finca 54-56 y sobre la 50-52. El día 11 de diciembre de 1936, fallece D. Jaime Tarradellas, dejando de usufructuaria a su esposa D.ª Antonia Ayet i Colom, y la nuda propiedad a su hija Mercedes Tarradellas Ayet. El bloque de Riera Alta 50-52, fue el único que quedó de la herencia de su abuelo, en poder de los hermanos Bofill Bonay, como nuda propiedad ya que el usufructo permanecía todavía en poder de Francisca Farriols.
   A finales de 1930 falleció la usufructuaria, cuando España estaba bajo la jefatura de un rey, que lo fue por estirpe y desde el momento de su parto, a quien, con tan sólo 16 años, le concedieron la mayoría de edad en 1902. Y ese mismo día empezó a hacer méritos para acabar en el exilio (como gran parte de los monarcas de la Casa Borbón). Este destierro lo llevó a cabo voluntariamente en abril de 1931, cuando la población española estaba hasta la coronilla de La Corona, y dejó al país en manos de unos políticos esféricamente incompetentes que, con toda la legalidad democrática que dan las elecciones (además de intentos fallidos de golpe de estado por ambos bandos), iban conduciendo al país a un futuro totalmente incierto y nunca visto, empujando a varios generales, con Emilio Mola a la cabeza, a dar un sangriento y definitivo golpe de estado, que acabó enfrentando a la mitad de España contra la otra mitad. Los unos eran los "buenos", los otros eran los "malos"; pero nunca se aclaró quiénes eran los unos, ni quiénes eran los otros. Ese enfrentamiento duraría varios siglos, con algún periodo intermedio de perdón mutuo y concordia.
   El mismo mes de abril de 1931, quince días después de proclamarse la II República, los hermanos Bofill presentan por poderes, a través de Ramiro Usac Mutós (hermano de la primera esposa de Evaristo B. Bonay y calificado por todos los familiares como “honrado entre los honrados”) la documentación necesaria, para consolidar la plena propiedad. Por esos años, los hermanos Bofill Bonay vivían en Colombia. El matrimonio Evaristo Bofill Bonay-Teresa Mercadé junto con sus cuatro hijos, Adela, Santiago, Federico y María Teresa, el matrimonio Filomena Bofill Bonay-Antonio Biarnés y Caridad Bofill Bonay sin su marido que, como ya he comentado, la había abandonado veinte o veintidós años antes, habían partido para Colombia el día 29 de febrero del año 1928, según aparece en el manifiesto de carga y pasaje, página 14, como números de pasajeros del 10 al 18, del buque “Buenos Aires” en su escala de San Juan de Puerto Rico (98).
   El “Buenos Aires”, inicialmente llamado “S.S. Jelunga”, era un barco transatlántico de vapor de una sola chimenea y tres mástiles, al que más tarde quitaron el central. Gemelo del Montevideo. Construido por “Denny” en el astillero escocés de Dumbarton. Tenía 125 metros de eslora, 15 de manga y 9,75 de puntal. Su velocidad de crucero era de 15 nudos. O sea, que la familia Bofill debió de pasarse unos dieciséis días de navegación, hasta llegar a Panamá. Sin contar con las escalas de Valencia, Málaga, Cádiz, Las Palmas, San Juan de Puerto Rico, La Guayra y Puerto Cabello en Venezuela, la isla de Curazao, Puerto Colombia y Colón donde desembarcaron para cambiar de barco, ya que el vapor “Buenos Aires” cruzaba el canal de Panamá, pero su siguiente destino era Guayaquil en Ecuador y ellos se quedaban en Buenaventura, Colombia, para dirigirse por tierra a Cali.
   El viaje inaugural del “Buenos Aires” fue en 1887. Pertenecía a la “Compañía Trasatlántica Española” del Marqués de Comillas, y su capacidad total de pasaje era inicialmente de 243, pero se había ampliado a 1.200 en total: 160 pasajeros de 1ª clase, 40 de 2ª y 1000 de tercera. Fue desguazado en Mahón en 1940 (99). La familia Bofill no volvería a Barcelona hasta principios de 1933. Sin Antonio Biarnés, que falleció de una contusión en la cabeza, y fue enterrado el 14 de noviembre de 1929 en Palmira, a treinta kilómetros de Cali.
   Con tantas cifras y tantos años, es muy fácil perderse, pero comparando el valor de la finca de Riera Alta 48 podemos hacernos una idea del valor de las pesetas de entonces. Riera Alta 48 se vende en el año 1932 por 140.000 pts. Si lo comparamos con el valor que le da José en 1913, a un tercio de su patrimonio, 109.000 pts., puede corresponder que el valor de Riera Alta 48 fuera de 80.000 pts., más o menos en ese año 1913. Bien, pues si nos vamos 16 años atrás con su depreciación de moneda y nos preguntamos cuál es el valor de las 49.000 pts., que debe Adela Bonay al comerciante Gumersindo de Cosso, la respuesta será: “un auténtico dineral”, casi equiparable al valor de Riera Alta 48, que es una finca de 11 viviendas, con dos comercios en la planta baja.
   Hay una pregunta que nos podemos hacer, y que yo siempre me hice: de los tres hijos vivientes de Adela Bonay cómo sabía José ¿quién era de su sangre y quién no? Podemos deducir que su propio hijo Federico se lo dijo, como así debió de ser, ya que cuando nacieron sus hijos, todavía se trataba con su padre. De esta forma ya estaría respondida la pregunta. Pero después de seguir un poco la trayectoria de los personajes que aparecen en esta historia, he llegado a la conclusión que, sin óbice de que su hijo se lo dijera, quien sí se lo dijo, fue su amigo Agustín Farriols Anglada que, como es sabido, estaba casado con Dolores Centena Bonay (100) sobrina, amiga y confidente de Adela Bonay. Dolores y Josefa Centena eran hijas de Filomena Bonay Carbó, la hermana mayor de Adela, que había fallecido en diciembre de 1884. Adela, pese a ser tía de Dolores y Josefa, les llevaba muy pocos años. A Dolores cuatro y a Josefa seis. Quien sí conocía la paternidad de sus propios hijos, era Adela Bonay Carbó. Sin duda, Adela comentó más de una vez con sus sobrinas, amigas y vecinas porqué había dejado a su marido Evaristo y se había unido a Federico. Agustín Farriols era además, quien iba poniendo al día a José, de todo lo referente a la familia Bonay y a sus nietos, además de todos los dispendios y sinvergonzonerías que iba cometiendo su hijo Federico.
   Hay otras preguntas que quedan en el tintero, por no tener respuesta. Como son: ¿de qué vivió Adela, después de arruinarla Federico? Caso de ser cierto que se fue a Madrid, donde debió de coincidir con Claudio López Brú ¿de qué vivían ella y sus hijos? ¿Por qué el marido de Caridad la abandonó, nada más casarse? Es muy difícil, si no imposible, dar respuesta a estas preguntas. Pero sin pruebas ni apoyos documentales, lo que no se puede hacer en ningún momento, son conjeturas, juicios de valor, o directamente calificar a estas personas, de forma que pueda dejar en evidencia su honorabilidad. Más, cuando estas personas están muertas y no pueden defenderse.
   Hay también algunas cuestiones con respuesta conocida como ¿por qué Filomena Bofill Bonay decidió adoptar, y por tanto legar, solamente a dos de sus sobrinos: a los hijos de Joaquina Usac Mutós, y no a los de Teresa Mercadé Turdiu? O ¿por qué Evaristo B.B. no quiso contar personalmente a sus hijos, la procedencia de su apellido? O ¿por qué María Teresa, la hermana mayor, decidió relatar esta historia, a sus tres hermanos más pequeños, que la desconocían? Las respuestas a estas cuestiones, y otras más, no las voy a incluir en este ensayo, porque se apartan de su objetivo.
   Por otra parte, hay actitudes y posicionamientos en la actual familia, que denotan hipocresía, falsedad y desagradecimiento. Después de lo aquí escrito, todo ello documentado y verificado (excepto, lógicamente, el relato transmitido por los hermanos Filomena y Evaristo Bofill Bonay a sus hijos mayores) parece bastante absurdo, defender que don José Heras Roldós, fue un señor que pasaba por allí. Que se cruzó con los hermanos Bofill (sólo con dos de ellos) que también pasaban por allí y le cayeron simpáticos. Tan simpáticos, que decidió llamarles nietos y desheredar a su único hijo vivo, para regalar una fortuna a esos dos simpáticos desconocidos. Me parece demencial defender esa postura, además de una total falta de respeto a Evaristo Bofill Bonay y a su hermana Filomena, negando sus relatos y la evidencia, hoy en día documentada. He tenido que esperar, a que se cumplieran cien años del último testamento de José Heras i Roldós, para que se hiciera público y tener acceso directo a ese definitivo documento, que, junto a todos los apuntes del Registro de la Propiedad de las fincas de Riera Alta, desde que se construyeron, confirman los relatos de Filomena y Evaristo Bofill Bonay, sin lugar a dudas. ¿Acaso hay alguien que pretende insinuar que Evaristo Bofill Bonay estaba loco y se inventó esta historia para transmitir a sus hijos? Evaristo Bofill Bonay gastó todo el dinero que heredó de su abuelo, pero su hermana Filomena, retuvo su parte. Al ser viuda, vivió humildemente de sus rentas y la traspasó en herencia a sus hijos adoptivos, Adela y Santiago Bofill Usac. Estos dos, y por lo tanto sus descendientes, hemos sido los últimos en disfrutar el testamento de José Heras Roldós.
    Llegado este punto, creo que es el momento de aclarar la leyenda familiar que circula por Ibiza desde hace, al menos, cuarenta años; y que, a base de repetir y repetir, hay quien la cree cierta. Dicha leyenda afirma que: “Filomena Bofill Bonay, robó la mitad del edificio de Riera Alta 50-52 a su hermano Evaristo Bofill Bonay”. Al oírla yo, le pedí confirmación a la hija de Evaristo, mi madre Adela Bofill Usac, y me la desmintió de forma clara y rotunda, dándome explicaciones de dónde y en qué se había gastado el dinero su padre. Por lo tanto me consta fehacientemente que no es cierta. Pero no sólo le constaba a mi madre y me consta a mí, sino que consta en el Registro de la Propiedad de Barcelona nº 3, cuyo original inserto entre las entradas, y que trascribo literalmente para su más fácil lectura, por la dificultad que supone leer directamente el original:

REGISTRO DE LA PROPIEDAD Nº 3 DE LOS DE BARCELONA

Finca nº 1334

Inscripción Nº 25. Cesión
   Urbana, mitad indivisa de la finca de este número situada en esta ciudad, señalada de números cincuenta y cincuenta y dos, en la calle de la Riera Alta, cuya descripción de su totalidad, consta de la precedente inscripción uno, a la cual me refiero. Se haya gravada con las cargas que resultan de sus inscripciones. Don Evaristo Bofill Bonay, adquirió la expresada participación de finca, por el título de herencia que consta de la inscripción uno precedente, y haberse extinguido el usufructo que la afectaba, conforme la inscripción veinte precedente, digo precede. Don Ramiro Usac Mutós, como mandatario de Don Evaristo Bofill Bonay, cede, transfiere y adjudica a Doña Filomena Bofill Bonay, la citada mitad indivisa de esta finca, en pago de los créditos que esta señora ostentaba contra su dicho hermano, o sea el de cincuenta mil pesetas, garantizado con hipoteca en la precedente inscripción veintitrés; el de veinticinco mil pesetas garantizado con la hipoteca en la anterior inscripción veinticuatro; otras cantidades que no constan en escritura pública que, sumando a más el importe de los intereses vencidos y no pagados de los dos referidos préstamos, ascienden conjunto a veintiséis mil pesetas; siendo el valor de la mitad de la finca adjudicada, la suma de ciento ocho mil pesetas, y ascendiendo en total a ciento una mil pesetas, los créditos en cuyo pago se hace la adjudicación, resulta una diferencia a favor del adjudicante de siete mil pesetas, las cuales el señor Usac reconoce que su poderdante, el señor Bofill, las ha recibido de la adjudicataria antes del acto del contrato, en efectivo. La doña Filomena Bofill, acepta la adjudicación, dándose con ello por enteramente pagada y satisfecha de cuanto acreditaba de su hermano don Evaristo, no sólo por capital e intereses de los mencionados créditos hipotecarios, como por cualquier título de fecha anterior a la otorgación de la escritura de este contrato, prometiendo nada reclamar por tales conceptos; declara en consecuencia extinguidos por confusión de derechos, las dos hipotecas referidas, constituidas a su favor, en las inscripciones anteriores veintitrés y veinticuatro; suplicando su cancelación. En su virtud inscribo la mencionada mitad indivisa de esta finca, a favor de Doña Filomena Bofill Bonay, a título de cesión y cancelo por confusión de derechos, las dos hipotecas citadas. Todo consta del registro de la escritura de cesión en pago otorgada en esta ciudad, a once de Marzo último, ante el Notario Don Guillermo Alcover; cuya primera copia acompañada de las dos escrituras de debitario o de constitución de hipoteca que se han cancelado, han sido presentadas en esta oficina a las doce de uno de Mayo corriente según el asiento novecientos cuarenta y cuatro, del folio ciento catorce vuelto, del tomo ochenta y nueve del Servicio. Satisfechas al Estado, cinco mil seiscientas noventa y siete pesetas, veinticinco céntimos, según carta de pago dos mil setecientas ochenta y ocho de fecha veintitrés de Abril último, que archivo con el número quinientos treinta y ocho. Y siendo conforme lo dicho con los documentos a que me refiero. Firmo la presente en Barcelona a veinte de Mayo de mil novecientos cuarenta. Firma ilegible. FIN DE LA INSCRIPCIÓN Nº 25 (las tachaduras que aparecen en el original, las hizo el Registro por la ley de protección de datos personales).
   Lo que también me consta es que a mi querido abuelo Evaristo, no le gustó nada que mi querida abuela adoptiva Filomena, le exigiera la devolución de todos los prestamos que le había concedido, con la garantía de la casa de Riera Alta 50-52. Por lo aquí expuesto y probado, sería de desear que se acabara con dicha leyenda, ya que lo único que consigue es dejar en evidencia a Evaristo Bofill Bonay.
   En Cataluña, en España y en todo el mundo, el apellido Bofill, es un apellido de raíces catalanas, conocido por circunstancias de todos sabidas. Sin embargo, el apellido Heras, de origen castellano, aunque lleve más de ocho siglos en Cataluña, es un apellido vulgar, que no identifica a ningún personaje famoso ni con predicamento. En cuanto al apellido Sagristá, aunque también sea de origen catalán, ya he comentado que el único que ha sido notorio, ha sido el de un anarquista menesteroso. En sociedades nacionalistas y aldeanas, como son la catalana y la ibicenca, es lógico que alguien que pretenda insertarse o pavonearse en círculos sociales elevados, dando conferencias o escribiendo sobre la familia Bonay de Folgarolas, prefiera presentarse con el apellido Bofill, que con el suyo propio. El apellido Bofill tiene mucho más empaque, prestancia y sonoridad. Hasta ahí, comprendo los motivos para enarbolar la bandera, de que nuestro auténtico apellido sea Bofill. Y lo es sin ninguna duda. Nuestro apellido fue comprado con dinero Bonay, para salvaguardar la reputación de nuestra bisabuela Adela, y también la de sus descendientes que somos nosotros. Pero de eso a querer demostrar que nuestro apellido es genético, hay mucha diferencia. Si todos nos hubiéramos limitado a dar nuestro apellido cuando nos lo preguntaran, como se ha hecho siempre en la familia, y todos hubiéramos dejado a nuestros muertos descansar en paz, no hubiera pasado nada, ni este ensayo biográfico se hubiera escrito. Lo que durante tres generaciones se ha llevado con discreción, sin traumas ni complejos, sabiendo lo que había, pero sin pretender desfigurar o cambiar la historia; ha tenido que venir uno individuo de la cuarta generación, arrastrando a los tres más jóvenes de la tercera y a sus hijos (e hijas), con espurios intereses personales, a desenterrar nuestros muertos, para seleccionar y separar a su conveniencia, el magro de la grasa, la élite de la morralla, con el propósito de poder sentarse y codearse con la élite. Saber que tus padres o abuelos, han aceptado muy gustosos, el dinero de José Heras i Roldós, a título de “herencia a sus nietos” y se han beneficiado de él, para más tarde, una vez gastada esa herencia, renunciar a quién te la ha legado, pregonando públicamente, que ese señor no tiene nada que ver con tu familia y que puede demostrarlo (sin presentar ningún documento ni prueba, más que el subjetivo parecido de la fotografía de un señor con barbas, a otra fotografía de otro señor con barbas) me parece de personas indignas, desagradecidas, ruines y rastreras.
   Como quiera que hay algunos miembros de la familia, muy pocos, que no pensamos lo mismo, cansado de tanta ingratitud y mezquindad, es por lo que hace años inicié este estudio que me ha llevado a encontrar documentos como los aquí comentados, que demuestran sin lugar a dudas, cuál es el proceder genético de toda la familia Bofill de Ibiza, así como la nobleza de don José Heras i Roldós.
   En enero de 2015, apareció en el diario de Ibiza una esquela mortuoria, recordando el año del centenario del fallecimiento de José Heras. Estaba firmada por una de mis hermanas y por mí (101). En la esquela se agradecía el gesto de José. Al aparecer el apellido Bofill en los dos firmantes, hubo un pequeño terremoto en el seno de la familia Bofill de Ibiza. Mi hermana Caridad tenía en su poder el primer borrador de este estudio. ¿Cuántos familiares mostraron interés en conocerlo? .... SÓLO UNO. Lógico. No resulta muy grato, ver que esta historia está documentada y comprobar que algún miembro de la familia, no se doblega ante su pertinaz insistencia de negar a José Heras; aunque esa esquela y este estudio me hayan supuesto ser el apestado, repudiado y excluido de la familia.
   Por último, y para dejar constancia: en la leyenda que hasta mí llegó, el Sr. Evaristo Bofill i Pichot tenía el vicio del juego. No tengo muchos documentos de este infortunado señor, pero sí tengo al menos cuatro, posteriores a su separación, en los que se alude a su condición económica. En ninguno de los cuatro, se observan indicios de que este señor tuviera ese vicio, más bien al contrario. El año que se casó,1881, al autorizar a Adela para que acepte la herencia de su padre, tiene cédula de 6ª clase. Nada más separarse, se observa que, como he comentado, tenía la última clase de cédula. Los pocos años que duró su matrimonio, económicamente no fueron muy buenos para él; pero al poco tiempo de separarse, se recupera y sube de categoría económica, le dan la clase 7ª. Ya en el año 1913 se observa que es propietario, lo que significa que tiene alguna casa alquilada, de la que obtiene rentas. Esto indica un claro progreso, difícil de conseguir por una persona que tenga el vicio del juego. Sin embargo, en el caso de Federico Heras, no hay nada que explicar. El testamento de su padre se explica por sí mismo. Hace ciento treinta o ciento cuarenta años, la única forma de gastar esas enormes cantidades de dinero, era el juego. Los que acudían permanentemente a cambistas y prestamistas, en busca de esas cantidades, eran los jugadores. Sólo el juego hacía que una persona llevara una vida tan disoluta y libertina, como llevó Federico Heras Sagristá: Mi bisabuelo. Por otra parte, una reciente información, del único lector de parte de este ensayo, me indica que la crónica que llegó hasta mí, estaba equivocada, en cuanto a la persona que Caridad Bofill Bonay encontró mendigando por las calles de Barcelona, y pidió a su hermano que le acogieran en su casa. Ese mendigo no fue Evaristo Bofill i Pichot, sino Federico Heras. Esta versión, procede de otro eslabón de la cadena, y denota la permanente confusión existente en la familia (intencionada o no), entre Federico H. S. y Evaristo B. P., y no cuadra con los documentos en mi poder: ese gesto de bondad hacia su padre Federico, no se pudo producir antes de 1913, ya que Filomena y Evaristo todavía eran solteros y vivían con su madre Adela Bonay. En 1914, Filomena se casó y se fue con su marido a Tarragona. 1915 fue el año que murió José dejándole la asignación de 150 pesetas mensuales, para su manutención y Evaristo B. B. todavía era soltero. En diciembre de 1916, Federico murió en su casa donde, como se ha dicho, también vivía su hijo Evaristo B. B., por lo tanto, es imposible que alrededor de 1920, Federico mendigara por las calles de Barcelona. Simplemente, porque llevaba cuatro años muerto. Sin embargo, quien aparece en el censo de 1920 viviendo con Evaristo, Filomena y Caridad en la calle Argentona nº 18, y manifestando que no ejerce ninguna profesión, es Evaristo Bofill i Pichot, que ya en 1916 estaba totalmente arruinado, volviendo a tener la última clase de cédula personal.
   Además del censo de 1920, lo que corrobora que fue el Bofill i Pichot quien fue acogido por la familia Bofill-Usac, es la foto de principios de 1921, en la que aparece luciendo una hermosa barba sentado a la mesa con toda la familia. Lo que también contaba el relato inicial, es que quien cuidó de Federico hasta su muerte en la calle Rosellón (y por tanto, también de su hijo Evaristo Bofill Bonay), fue su esposa Francisca Farriols, pero sin convivir con ellos. Como ya he dicho, José se lo pidió a Francisca Farriols, a cambio de entregarla una parte de su legado. Esta última fracción del relato proviene directamente de Filomena Bofill, a su hija adoptiva Adela Bofill Usac, y está documentada: en el segundo testamento de José, consta que quien debía cuidar de Federico hasta su muerte, tenía que ser Francisca. Aunque dicha condición no se repite en los siguientes testamentos.
Quien cuidó de José Heras hasta sus últimos días, también fue su nuera Francisca Farriols Anglada, ya que esta, después de que su marido la abandonara, se fue a vivir con sus padres en la Rambla de San José 25. Su madre falleció en 1886 y, una vez muerto su padre en 1889, se fue a vivir con José Heras para cuidar de él, como así aparece en el censo de 1900 en la calle Puertaferrisa 11, piso 1º-1ª (16 años antes de fallecer su marido Federico) y posteriormente, también en el del año 1910, en el piso principal. Al fallecer José, Francisca se quedó alquilada en este último, cinco o seis años más, hasta que se fue al piso principal del nº 288 de la calle Aragón, donde aparece en el censo de 1924.
 

 
                                     FIN DE LA SÉPTIMA PARTE. CONTINÚA EN LA  👉  8ª PARTE
                                

ENSAYO BIOGRÁFICO DE JOSÉ HERAS ROLDÓS 1ª PARTE

                                                                         PRÓLOGO    Tengo que empezar este borrador biográfico de José...